lunes, 10 de diciembre de 2012

Damon y Ever

Terminé de deshacerme de su camisa mientras sentía como sus caricias se esparcían desde mi espalda hasta los hombros y luego comenzaba a rozar mis pechos a través de la tela del sostén, otro gemido abandonó mis labios y me acerqué a él tanto como me fue posible sintiendo el contacto con cada uno de los músculos de su pecho desnudo mientras mis manos se perdían en su espalda. 
Debería tener miedo, algo dentro de mí debería decirme que parara pero nada de eso sucedía, en cambio, las sensaciones me arrastraban cada vez más cerca de él haciendo imposible la posibilidad de alejarme de su lado. 
Sus manos regresaron a mi espalda acariciándome con cuidado mientras una se dedicaba a jugar con el broche del sujetador. Nuestras respiraciones estaban cada vez más agitadas y a pesar del clima helado la temperatura de la habitación aumentaba más a cada momento. Desabroché torpemente la hebilla de su cinturón y, con su ayuda, me deshice de sus pantalones antes de poder llegar a pensarlo. 
—Damon… –gemí su nombre enredándome a su alrededor como si pudiera fundirme con él y desaparecer para siempre. Sus labios, que en ese momento besaban mi hombro, se separaron de mi piel y me miró a los ojos con la mirada brillante y oscurecida por el deseo. 
—¿Puedes sentirlo? Esa fuerza, esa necesidad. Puedo equivocarme, pero si eso no es amor entonces no sé que puede serlo. 
—Sí –dije llevando mis manos a su nuca–. Sí lo siento… por favor, no me dejes. 
—Nunca.
Era tan simple como respirar: no podía vivir sin Damon y me costaba creer lo mucho que me había llevado darme cuenta de eso.
—Ahora eres mía para siempre —dijo inclinándose para besar mis labios y yo sonreí. 
—Para siempre —concluí con seguridad y lo abracé sintiéndome completa y absolutamente feliz y a salvo por primera vez en mi vida.


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