Cualquier cosa que yo dijera estaba mal dicha, o era mentira, o no tenía ni idea. Si decía que el cielo estaba muy bonito, así, tan azul, pues el cielo no era azul, los cojones, y me contaba una película de no sé qué de no sé cuántos de que si el oxígeno y la atmósfera y no sé qué más. Que no era azul, y ya está. Y seguía caminando, bailando con el culo y perfectamente satisfecho de sí mismo, y de que el cielo, fuera como a él le daba la puta gana. Un cabrón.
Pero yo le quería, y le quiero,y me daba igual de qué color fuera el cielo, si debajo del cielo estaba él, me daba igual que pasara por mi lado, todo enfadado, y me mirara de ese modo, y yo sintiera escalofríos, como si alguien se hubiera dejado una puerta abierta en pleno invierno o te hubiera pasado una gata entre las piernas.
A veces, le sorprendía mirándome, muy serio, con una cara muy rara, y yo hacía como que no me daba cuenta, pero me miraba, y cada vez la cara se le ponía más rara, y me miraba más de cerca, hasta que casi podía sentir su respiración en mis mejillas, pero yo miraba la tele, muy acojonada, y se quedaba así un rato, mirándome, y yo veía como le brillaban los ojos, en esa cara que ya no es que fuera rara, si no que no te atrevías ni a parpadear, y los ojos te lloraban, y luego, se alejaba, muy lentamente, mirándome también, y se ponía a ver la tele, como si nada.
Yo creo que también me quería, aunque fuera un felino, y se dejara abiertas las puertas del infierno, y no me dejara que el cielo, fuera azul.
Yo creo que también me quería, aunque fuera un felino, y se dejara abiertas las puertas del infierno, y no me dejara que el cielo, fuera azul.
¡Qué cabrón!
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