viernes, 9 de agosto de 2013

La primera vez que te rompes, crees que lo máximo que puedes hacer es recoger tus pedazos y guardarlos para que no continúen quebrándose y quebrándote a ti al mismo tiempo, porque todos esos pedazos conforman lo que eres. Y pasas de ser algo, a ser solo eso, pequeñas partes desperdigadas en el cajón donde las guardas para protegerlas, aferrándote a ellas cómo lo único que te sostiene ante el viento que grita "¿sabes quién eres?".  Nunca te sentirás más perdida, que en el momento en que empiezas a plantearte todo lo que te rodea. Cuando te das cuenta de que nada volverá a ser lo mismo, que nunca volverás a ser lo que eras, empiezas a preguntarte si has sabido alguna vez la clase de persona que quieres ser, o siquiera, la que eres. Entonces llega una persona, que coge los pedazos del fondo de tu cajón y comienza a reconstruirte. Aunque no pueda borrar las grietas puede pintarte y decorarte, y hacer que con cada nueva capa de pintura que te da día tras día, las grietas dejen de notarse. Incluso te hace más bonita. Esa persona te enseña de nuevo quién eres. Y lo que es más importante, te ayuda a convertirte en el tipo de persona que quieres ser. Una persona que se come entera tu mierda, y la de los que te la han echado encima y nunca jamás se queja por ello. Alguien que trabaja a diario en tus grietas sin saberlo. Alguien que hace que un día, descubras que ya no duele, que las grietas son arañazos y que nada volverá a ser lo mismo, esta vez para bien. Que, al fin eres completamente libre, como si todo ese tiempo hubieses sido como un pájaro en una jaula.  Por eso un día miras al cielo, y al mismo tiempo que das las gracias por dejar de ser un pájaro enjaulado, pides a lo que sea que exista, que te deje vivir lo bastante como para poder devolverle a esa persona, todo lo que ha hecho por ti.

No hay comentarios:

Publicar un comentario