sábado, 27 de abril de 2013

Hermana.


Pocos pueden presumir de amigos de verdad, y menos aún de hermanos con los que no comparten sangre. Ah, qué afortunada me siento por ser de esos últimos. Y es que yo tengo una hermana a la que conocí hace poco más de un año. Como a todos los hermanos, al principio no la soportaba. Joder, esa cabezonería y esas ganas de salirse con la suya a toda costa. Creo que nunca se había topado con alguien que realmente le llevara la contraria, creo que nunca me había topado con alguien que realmente me llevara la contraria. Poco a poco, nos fuimos dando cuenta de que los choques eran simplemente similitudes, que luchar contra la otra era luchar contra una misma. Nos acostumbramos a recibir nuestra dosis diaria de risas, a comentar nuestros pasos como si estuviéramos comentando el tiempo, a hablar con la mirada y a reír por cualquier tontería, entre otras cosas. No sé si se habrá dado cuenta de todo lo que ha pasado desde ese fatídico día en el que nos empezamos a juntar. No sé si se habrá dado cuenta, porque yo me paro a pensarlo, y se me llenan las manos de momentos. Y, fíjate tú, no hay ninguno malo. Ninguno. Esa hermana pequeña, se ha hecho mayor (aunque su neurona seguirá patinando, tenga los años que tenga). Esa pequeña rubia, me ha forzado a ser mejor persona, a preocuparme por alguien que no fuera yo y a volver a ser detallista sin esperar nada a cambio sin querer, a base de sonrisas y situaciones inolvidables. Me ha arrancado el egoísmo y la bordería y los ha tirado a la basura para que les hiciera compañía a los suyos. Y es que sé que, en el fondo, esas púas que le rodean no son más que simple fachada para ahuyentar a los cobardes que no están dispuestos a sacrificar un poco de sí mismos a cambio de conocer un poco de ella. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario